MÁRQUEZ EL ZAPATERO

 

ENTREVIISTA A MÁRQUEZ EL ZAPATERO, EL DECANO DEL CANTE

¿Eso qué revista es, qué clase de revista es? Ah, que es del Flamenco del internet, claro, yo no cojo nunca el teléfono, y esto está cerrado, porque yo estoy tocado de los oídos, y están entrando por aquí los “romanos” y están robando de todo, a un amigo mío le quitaron la cadena de oro ayer, sí, una “romana”, al Michi, que estaba antes en el ayuntamiento, que era concejal. El móvil no lo oigo nunca, sí, el teléfono fijo lo tengo aquí mismo, pero yo me voy al corral, que es muy grande, y como cierro la puerta, pues no lo escucho. La forma de localizarme es viniendo aquí, ya sabes.

Manuel Márquez Barrera nació el cuatro de agosto de 1930 en Villanueva del Ariscal, un pueblecito de la comarca del Aljarafe sevillano, famoso entre otras cosas por su espléndido mosto y por ser la cuna de Márquez el Zapatero. A sus ochenta y siete años, es el único de su generación capaz de subirse a un escenario y pegarse una hora arañándote las tripas por derecho, con unas facultades envidiables. Y el único capaz de transmitir la auténtica soleá de Triana, la de los alfareros. Su oficio de zapatero le viene de familia y Manuel se enorgullece de no haberlo abandonado jamás, pues lo compaginó con su labor de agricultor incluso durante los tiempos en que prosperó y ganó fama en el flamenco.

¿Márquez, háblenos de sus primeros recuerdos con respecto al cante.

Yo me hice aficionado a los catorce años, que ya trabajaba yo en la zapatería de mi padre, escuchando los discos de La Voz de su Amo. Mi padre tenía un campito junto a la vía del tren y, detrás de la vía, había un señor que se llamaba Rafael Moreno que vivía en una choza. Pues este señor tenía una máquina cantaora, sabes, y yo me sentaba en el borde de la vía para escuchar a Manuel Vallejo, a Canalejas, a Manuel Torre, a la Niña de los Peines… y de ahí me vino a mí la afición, porque en mi familia no cantaba nadie, solo mi padre, que era muy aficionado, cantiñeaba cuando se “achispaba”. Y a los dieciocho años ya me iba yo por todos los festivales a escuchar todo lo que podía.

¿Cuándo empieza su relación con el barrio de Triana?

A los veinte años me tocó hacer el servicio militar en Sevilla, concretamente en Tablada, que estaba separado de Triana por un descampado. Allí estuve dos años sirviendo y por las tardes trabajaba en una zapatería junto al cuartel, que por cierto, treinta años después me enteré que uno de mis compañeros en aquella zapatería, del Viso del Alcor, resultó ser el padre de Segundo Falcón, figúrate tú la casualidad. Y cuando me licencié, con veintidós años, trabajé en Triana, en el número 110 de la calle Pureza, en una zapatería que era de dos socios que eran policías. Allí me tiré yo otros dos años. Y enfrente, escucha lo que te voy a decir, siete u ocho casas más para allá, vivía el Cojo de Málaga. Todos los días pasaba por delante de mi zapatería, y estaba yo cantiñeando para mí, y se paró y me dijo: niño, tú suenas, tú suenas, y ya entonces me hice amigo de él. Me acuerdo que era muy elegante, vestía como nadie.

Cuéntenos cómo era la Triana de aquellos tiempos

Triana era una gloria, era igual que un pueblo, lo mismo, lo mismo que un pueblo, había mucha diferencia con Sevilla, en Triana todo el mundo se conocía, todos se paraban un ratito para saludarse. Pegabas una patada, o pasabas por delante de una taberna y te encontrabas tres o cuatro cantando. Se pasaron los años de las hambres como en todas partes, pero miseria no había, te estoy hablando ya de los años cincuenta hasta los setenta, y más, era un buen sitio para vivir, esa calle Castilla llenita de puestos desde el principio hasta el final…

¿Y vivió entonces en Triana todos aquellos años?

No, chiquillo, yo en Triana viví desde que acabé el servicio, hasta que tuve veinticuatro o veinticinco años. Vivía en una pensión en la calle Betis, de lunes a viernes, con la zapatería. Y los fines de semana me venía para Villanueva para ayudar a mis padres con el campo, o a lo que fuera, porque la cosa estaba cortita, y no había un duro. Y después de cerrar la zapatería de Pureza, ya me establecí aquí y desde entonces aquí vivo. Lo que pasa es que yo iba a Triana todas las semanas a comprar cosas para la zapatería. Me llamaban Manolo Oliver, me llamaba Antonio el Arenero, o Rafael Belmonte. Yo tenía coche, que me costó veinte mil duros, me saqué el carnet en el Ayuntamiento de Villanueva, eso me sirvió a mí para ir y venir.

Maestro, ¿es verdad eso que se dice que para cantar bien hay que pasar fatigas?

Nada de eso. Para cantar bien solo hacen falta tres cosas. La primera, tener mucha afición, si no eres buen aficionado y te gusta el cante de verdad, mala cosa. La segunda, tener buenas facultades para el cante. Y la tercera, meterse en el flamenco de lleno, si no te metes no sabrás, al cabo de los años, hasta dónde podrías haber llegado, si hice bien o hice mal aquello; yo tengo grabados una serie de cantes, aquellos a los que les he tenido afición. Pero yo no he grabado nunca por serranas, ni por alegrías, ni por guajiras. Las nanas, sí, las malagueñas, me dije yo tengo que aprender a cantar las malagueñas, por qué, porque me gustan, por afición.

¿Se puede aprender a cantar flamenco en una escuela?

Si cumple las tres condiciones, y si en la escuela hay artistas, claro que sí. El cante se aprende de otros artistas, esto es una cadena de siglos, siempre se ha aprendido así, inventar es muy difícil, solamente hay un cante que se inventa, cuál es, el fandango. Porque es totalmente libre, cada uno hace lo que le da la gana, pero los demás estilos se aprenden de los artistas buenos, en las reuniones, en los festivales, en los tablaos, pero eso ya es muy difícil hoy en día, porque los artistas tan grandes que había ya se han muerto.

A ver, a ver, no se deje usted nada en el tintero. ¿Cómo ve usted la situación del flamenco actual?

El flamenco está pasando por unas circunstancias un poco raras. Yo no quiero ponerme en contra de nadie, ni en contra de nada, pero todo lo que ha prosperado en los últimos cuarenta o cincuenta años la guitarra, o el baile, sin embargo, esto es importante, el cante se ha ido quedando atrás. Por una razón muy sencilla, porque ya los chavales nuevos no tienen las vivencias que hemos tenido nosotros, los viejos. Festivales flamencos hay muy pocos. Están las peñas. A las peñas, de cien socios que tienen, van treinta. Eso ocurre aquí y en todas partes. Y ocurre otra cosa, que no hay dinero para llevar a artistas con caché. Y hay otra cosa, y esto que voy a decir me puede indisponer con mucha gente, pero es una verdad como un templo. Los artistas con caché de ahora cantan muy bien, y hay algunos muy buenos cantaores. Pero esto no es la Época de Oro ni mucho menos, cuando había cincuenta cantaores que eran todos primeras figuras. Eso no lo hay. Hoy no hay un Camarón, no hay un Antonio Mairena, un Vallejo, un Canalejas, un Sevillano, no hay un Niño de Aznalcóllar… no hay uno que se destaque, no lo hay, todos están copiados, cantan, tienen facultades, pero las vivencias flamencas son muy importantes. Fíjate lo que te digo, hoy hay quien tiene discos grabados y no tiene facultades para cantar;   antiguamente ese cantaor o esa cantaora no habría pasado ni de la puerta de la discográfica.

¿Qué quiere decir con eso de las vivencias flamencas?

Es como en los cotos de cacería, cuando tú te pones a cazar y a cazar en un coto, y apuras la mama, ya no hay mama para criar. Pues eso pasa en el cante. La mama son los artistas viejos que enseñan a los demás, y hoy los medios de comunicación, la mama la están matando, no ponen mama, ponen solo a los nuevos, chillones o no chillones, sabiendo cantar o sin saber. Lo mismo ocurre en los festivales, que cada vez llaman menos a los veteranos.

¿Y eso cómo afecta a la cantidad y calidad de los nuevos cantaores?

Pues que como han muerto todos los cantaores que aportaban, ya solo nos quedan sus discos. Pero los discos no son las vivencias. Yo canto por Antonio el Arenero y parece que lo estoy viendo aquí conmigo, por el Sordillo, por el Teoro, por Manolo Oliver, y me acuerdo de ellos, por qué, porque me he llevado cuarenta años con ellos, y lo he vivido, cómo lo hacían, cómo respiraban…

¿Se ha perdido la “mama” en Triana, Márquez?

En Triana se ha acabado totalmente. Mira, a mí me dieron un homenaje en el Turruñuelo, una barriada trianera, y se hizo un concurso de soleá de Triana, y de los treinta que actuaron hubo solamente dos muchachas que eran del barrio, y lo hacían bien. Y a la Tremendita le dije yo, cuando era chica, a ver si tú mantienes viva la vela de la soleá de Triana para que no se acabe, y efectivamente se ha acabado, no queda ni uno en Triana, con lo que ha sido Triana en el flamenco. Claro, han venido gente que no es de allí, los trianeros de verdad se han ido, están en las Tres Mil Viviendas, se ha partido el búcaro como quien dice, los cascos están por ahí, desperdigados, por el Polígono San Pablo, lo mismo que va a pasar aquí en Villanueva. Toda la vida hemos tenido aquí siete u ocho aficionados, buenos, de los de verdad, mi primo Manolito el de Blas cantaba por malagueñas divinamente, cantamos juntos en los bautizos millones de veces. Hoy el único que queda cantando soy yo, y cuando yo palme “no queda aquí ni el palo esponja”.

¿Entonces no hay remedio?

Hay un refrán que dice que el oficio hace maestros. Quién sabe si estos chavales cuando tengan cincuenta o sesenta años, regeneran el coto, si mantienen la afición no pierden las facultades. Porque el cantaor no se hace ni en uno, ni en dos ni en diez años, se hace en más tiempo. Yo he conocido a Antonio Mairena con cuarenta años y no era el Antonio Mairena de sesenta. Era un abismo, lo que era y lo que había sido. Con sesenta años era sesenta veces mejor, tenía todas las facultades habidas y por haber. Antonio Mairena hizo una cosa que no ha hecho nadie: crear cantes y no decir que los había hecho él. Y ha creado más que ninguno.

 

Entrevista por Luis M. Pérez

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