ROSARIO

 

FLORENCIA PÉREZ PADILLA, Bailarina y bailaora, más conocida mundialmente con el nombre artístico de ROSARIO, nació en Sevilla en el año de 1918. Formó pareja con el gran bailaor Antonio hasta 1952. En 1953 formó compañía en solitario. Durante varios años tuvo diversas formaciones, por las que pasaron bailarines y bailaores distinguidos. Pero la carrera de Rosario como empresaria tuvo una menor continuidad que la de Antonio. Sus coreografías se reducían por lo general a montajes para ella y uno o dos bailarines, no alcanzando a los grandes conjuntos. Pese a ello trabajó mucho durante dos décadas, tanto en España como en el extranjero. En diversas ocasiones, entre 1962 y 1965, bailó como invitada en la compañía de Antonio, y los dos juntos reverdecieron viejos éxitos. Era, como dijo Marrero, "de estampa cortijera, mejor a la guitarra que al piano, con mucho nervio y sal por arrobas". Ha hecho cine.



Rosario te llamaron mundialmente,
por tener ese arte tan grande,
que supiste transmitir  a la gente,
con tu baile junto con Antonio,
fuiste la cumbre de los escenarios,
orgullo de toda España y del mundo,
que perdurara en la historia
como la bailaora más grande.

 

 

Para Rosario, los recuerdos de su niñez se reparten entre la afición de su familia por el baile y las visitas de sus artísticos vecinos al quiosco de bebidas que su padre, Manuel Pérez, apodado el Ronco, tenía en su barrio. "Todas las noches, cuando la gente salía de los cafés cantantes, se iban al quiosco de mi padre a seguir la fiesta. Allí siempre estaban los Ortega, los Gallo o los Cagancho. Estrellita Castro solía cantar asomada al balcón, y por mi casa pasaban mucho la Niña de los Peines y Niño Ricardo. Pero al que más recuerdo, es a Manolo Caracol, que tenía dos años más que yo... Él era mi amor". Dice Rosario que su maestro, Realito, no enseñaba mucho, "dábamos vueltas, por un lado, por el otro, tocábamos las palmas y poco más", pero tenía un carácter tan vivaraz que le proporcionaba muy buenas compañías. "Era delgadito, poca cosa, pero siempre iba muy bien vestido, con su sombrero y su capa y se apuntaba a todas las fiestas, donde conseguía encandilar a las mujeres de dinero para enseñarlas a bailar". Junto a Realito iniciaron Rosario y Antonio su carrera profesional con el nombre de Les petits sevillanitos en el Pabellón de España de la Exposición Internacional de Lieja, en Bélgica, en 1928. Con este apodo, pero ya españolizado como Los chavalillos sevillanos, continuaron con sus actuaciones, como la que ofrecieron en la Exposición de Sevilla ante los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia, al mismo tiempo que compaginaban escuelas: del aula del maestro Otero, pasaron a las manos del fundador de la dinastía de los Pericet, el abuelo Ángel, con quien aprendieron la Escuela Bolera, llamada entonces "bailes de zapatillas" y considerada la danza clásica española. Rosario acudía también a casa de la legendaria Juana la Macarrona, de quien aprendió las alegrías que tanto afamaron a esta artista, y Antonio asistía a las clases del maestro Frasquillo, quien le enseñó a bailar la farruca que tanta fama le dio en sus años de esplendor.

 


Sevilla, Torre del Oro y la Giralda

 


Recuerdo de Sevilla


Los chavalillos sevillanos irrumpieron en Sevilla al lado de artistas de la talla de la Quica en su tablao flamenco Kursal, Pastora Pavón y Pepe Pinto o el cantaor Manuel Vallejo. El flamenco era su carta de presentación hasta entonces, y con ese repertorio de alegrías, farrucas y algo de Escuela Bolera de vez en cuando se trasladan en los años treinta a Barcelona. Su encuentro con el maestro Vicente Reyes es fundamental para el giro artístico de su carrera. Con él comienzan a bailar creaciones coreográficas con música clásica, como el Bolero, de Ravel, o la Danza V, de Granados. Barcelona es también la última ciudad española que ven en más de 12 años: con el estallido de la guerra civil, se exilian al sur de Francia reclutados por las autoridades republicanas, bailando en galas para recaudar dinero que se destinaría a los hospitales de campaña. Poco les duraron esos meses de hambre y penurias porque la fortuna les llegó de manos de un empresario que les contrató para bailar en Buenos Aires. La madre de Rosario, doña Julia, que sería su apoderada, acompañante y apoyo durante toda la carrera que compartió con Antonio y, después, en solitario, escribe a los padres de Antonio para conseguir su permiso y se embarcan rumbo a Argentina para debutar en el Teatro Maravillas junto a otros artistas españoles. "Mi madre dedicó todas sus fuerzas a promovernos y orientarnos y permaneció toda su vida a mi lado. A mi padre no le volví a ver. Luego me enteré que lo había pasado muy mal durante la guerra. Murió en 1940".

 


Con 18 años, Rosario dejó España junto a Antonio y no volverían hasta 1949. Su leyenda como la mejor pareja de baile español de la historia comenzó a fraguarse con el espectáculo Las maravillas del Teatro Maravillas de Buenos Aires, donde no sólo compartieron cartel con Carmen Amaya, sino que lo encabezaron cuando la mítica bailaora partió de Argentina: "Yo la he querido mucho. Era un fenómeno, tan chiquitita, tan delgadita. Tenía una personalidad fuerte, pero para su familia era otra cosa. Lo que ganaba lo chupaban el padre, el cuñado... De su dinero vivían cinco o seis personas". En América, Rosario no sólo encontró la fama sino también el amor. Con 21 años, contrajo matrimonio con el pianista italiano Silvio Masciarelli, quien se les había unido en Buenos Aires junto al guitarrista Rafael Solé. Sus testigos de boda fueron Pedro Vargas y Mario Moreno Cantinflas. "Antes de casarme, a mi madre no le gustaba Silvio, como le pasa a todas las madres, pero luego estaba encantada. Antonio tampoco quería que me casara, le tenía una rabia que no podía con él". Un año después, Rosario tuvo a su único hijo, Rafael, a quien amadrinó la también mítica Encarnación López la Argentinita. En la capital del cine, adonde llegaron después de bailar en el Waldorf Astoria de Nueva York, Los chavalillos sevillanos dejan de serlo para presentarse ya como Rosario y Antonio y demostrar que la danza española era algo muy diferente de la españolada a la que estaban acostumbrados en California y Nueva York en una época en la que lo latino se había puesto de moda. Allí ruedan tres películas: Zigfield girls, junto a Judy Garland, James Stewart y Lana Turner, Hollywood's canteen, acompañados de Bette Davis, Joan Crawford y Ronald Reagan, y Panamericana. "Teníamos mucha amistad con Tyrone Power, con Gina Lollobrigida y con Judy Garland. Cuando terminábamos de rodar venían a nuestro camerino a que les enseñáramos a bailar las sevillanas. Y por las noches, íbamos a la sala de fiestas Ciro's y nos lo pasábamos muy bien". Los años cuarenta suponen su gran salto artístico. En 1944 ofrecen un concierto en el Carnegie Hall y su éxito les proporciona una gran cantidad de contratos para actuar en las ciudades más importantes de Estados Unidos, e, incluso, en la Casa Blanca ante el presidente Roosevelt. En Nueva York, Rosario y Antonio posan para Dalí, quien les hace un magnífico retrato, pero lo pierden cuando vuelven en barco a España. Antes de su definitivo regreso, la bailarina y su marido se divorcian, aunque continuaron su relación profesional, ya que Rosario le consideraba un músico extraordinario. Tres años después de regresar a España y conmocionar primero al público de Madrid (estaban contratados para seis días en el Teatro Fontalba y prorrogaron hasta seis meses), y después al del resto del país, y el continente, Rosario y Antonio se separan. En su biografía, el autor Rafael Salama habla de las peleas que los dos artistas protagonizaron: "Ante la incredulidad del público, Rosario y Antonio ofrecen en el último tramo de sus actuaciones europeas y españolas el espectáculo tragicómico añadido de bofetadas en el escenario, con sus consiguientes bajadas de telón, escoltas policiales, deserciones de uno y apelaciones por incumplimiento de contrato de otra".

 


Rosario, que cumplirá ochenta años en noviembre, vive ahora en el húmedo sótano de un edificio de Pintor Rosales, en Madrid.
Rosario, ahora, con su memoria a veces disipada, lo relata más suavemente. "Antonio quería trabajar por su cuenta, quería hacer su vida. Pero si no hubiese sido por mi madre, ni él ni yo habríamos hecho nada". El año 1953 comenzó con la creación de sus compañías por separado. Para Antonio, el baile español debía presentarse en grandes creaciones coreográficas como hizo con los ballets El amor brujo o El sombrero de tres picos. Rosario se decantó por un trabajo más individualizado, con montajes donde aparecía como estrella acompañada por bailaores de altura entre los que estaban Juan Quintero, Juan Alba o Miguel Sandoval. En 1962, casi diez años después de su separación, Rosario y Antonio volvieron a bailar juntos. "A pesar de nuestras diferencias, siempre diré que Antonio ha sido el mejor bailarín español de todos los tiempos. Era un fenómeno. Detrás de él, todos le han imitado de algún modo". Después de abandonar la escena, Rosario ha dedicado sus fuerzas a la enseñanza, y entre sus antiguas discípulas se encuentran también las Infantas Elena y Cristina, "que tenían desde pequeñas mucho carácter y mucha vitalidad", a las que iba a dar clase al Palacio de la Zarzuela con un coche de la Casa Real. En 1995, 24 años después de su definitivo retiro, Rosario recibió la medalla de oro de las Bellas Artes. Ahora pasa los días a cuestas con una bronquitis crónica y la única compañía de su perra caniche, aunque su hijo, su nuera y su nieto la visitan a menudo. Por todas partes hay recuerdos: la gloria del pasado cubre paredes y estanterías y la Rosario de ayer convive en perfecta armonía con la delicada octogenaria que hoy ha decidido hablar.

El nombre y la figura de Rosario permaneció iluminado con más intensidad durante los años en los que fue pareja de Antonio. La separación fue más beneficiosa para él: Antonio Ruiz comparte el trono del baile español masculino con Vicente Escudero y Antonio Gades, Rosario, por el contrario, siempre es recordada como "su" pareja, sin haber trascendido su nombre a la gran opinión pública, como sí ha sucedido con él. Rosario no polemiza sobre lo recogido en la única biografía sobre Antonio, titulada "La verdad de su vida". Sólo le duele que no recordase a su progenitora, Julia Padilla. "Mi madre tuvo mucha fe en los dos", dice Rosario, "le adoptó artísticamente y siempre se refería a nosotros diciendo 'mis niños'. Cuando Antonio cogió fiebres de malta, animó a mi padre a comprar un coche para que hiciéramos 'bolos' por la sierra, que le venían bien a su salud. En muchas de nuestras peleas, tras las que yo quería marcharme, ella terció, convenciéndome y allanando mi paciencia, mientras que, curiosamente, él nunca se marchaba.

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Datos de biografías, http://www.elmundo.es/magazine/num123/textos/rosario.html, más datos, poema e imágenes de José Maria Ruiz Fuentes

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