ÁNGELILLO

 

ENTREVISTA A ÁNGELILLO
 

El jilguero de Vallecas
 

Para muchos, Angelillo no cantaba flamenco, pero lo cierto es que lo cantó y tuvo una fama internacional extraordinaria. Ángel Sanpedro Montero, que así es como se llamaba el fino cantaor de Vallecas (Madrid), se dejó ver por este mundo el día 8 de enero de 1908 -el centenario de su nacimiento pasó inadvertido- en la calle San Francisco del famoso barrio de la capital de España, concretamente en el barrio de Doña Carlota. Era hijo de un humilde empleado de la limpieza y llegó a ser una estrella del cante, de la canción y del celuloide. Murió en Bueno Aires el 24 de noviembre de 1973. En esta entrevista de Felipe Morales, del 16 de diciembre de 1935, en La Voz, el artista desvela aspectos biográficos desconocidos:

EL FLAMENCO DE VALLECAS

Bueno, y usted, cuando habla del cante flamenco, ¿por qué se imagina el color moreno, la sangre valiente y una navaja que quiere escribir garabatos en las venas de algún contrincante?

Esto lo decía uno cualquiera a otro.

Cruza ante los ojos la Guardia Civil de los caminos, lento paso y palabra lenta.

El cobre de los gitanos no es una cosa cualquiera. El flamenco lo es por naturaleza, y ya puede llevar medallas, tufos o vestimentas, que el que nació flamenco será así hasta que se muera.

Pero las sombras…

Nada. Las sombras están muertas.

Las voces de pena, los gritos que salen del pecho porque allí dentro se ahogan…

Nada. El canto del que llora porque lleva dentro una pena no necesita que el viento lo escuche ni que la noche lo atienda. Salta la copla en el valle, en la hondonada o en la sierra, porque el que tiene una pena en los labios la canta… porque le quema.

 Aguas de ríos perfumados corren por la geografía verde de unas montañas desconocidas. Ni hay luna ni hay sol. Solo, definitivo y perenne, un rumor de cosa triste que se va y no se aleja.

El cante, el recuerdo, “eso” que no se acierta. Quizá sea la luz, las tinieblas, un niño rubio sin habla o la pena sin movimiento de una piedra.

El flamenco que es flamenco no quiere oro ni cadenas. Viste como quiere. ¿O como quiso ella? El pantalón de corte ancho, la corbata postinera, un sombrerito de fieltro y la vara ¡por Dios! para golpear las letras.

¿Y los flamencos de ahora? De los antiguos, ya nadie se acuerda.

Pues los de ahora son flamencos de pura cepa.

¿Quién?

Angelillo. ¿Es bastante?

¿Dónde nació?

En Vallecas.

Y ya con el lápiz en la mano, el periodista comienza.

LA MONOTONÍA DEL SALMO Y EL DESEO DE UNA MADRE

Angelillo nos habla en serio de su vida de “cantaor” de flamenco. Su preocupación primordial es elevar el ambiente en que el cante se ha desenvuelto hasta ahora, sacándolo de las tabernas y círculos de guitarra y vino para llevarlo a salas espaciosas, de multitudes. Recuerda con esa pasión inexcusable en los hombres que han dado frente a la vida sus años de principiante:

Yo era aún un chavalillo. En el Colegio del Sagrado Corazón, del Puente de Vallecas, figuraba en el coro. Cantábamos en las funciones religiosas, con esa monotonía incurable de los salmos y las letanías. A mí me gustaba, francamente. Era una especie de monaguillo laico. Figúrese, apenas tendría ocho años. Recuerdo un día en que la señora encargada de la dirección del coro me eligió para que hiciera un solo de canto. Dicen que mi triunfo fue grande. Lo cierto es que a mi madre le propusieron instruirme y educarme la voz. Para ello tenía que ir a Roma. Al menos, así lo aseguraban. Vino la contestación materna: “Prefiero que mi hijo sea un buen cerrajero a un tenor de fama.” Y allí quedó truncado el propósito de mis fracasados Mecenas. Continué en el colegio del Puente de Vallecas, donde nos daban ropas y algunas cosillas indispensables.

EL CONCURSO DE VALLECAS

Angelillo se anima al hablar, con brillo en los ojos:

Entré a trabajar en un taller de fumistería. El cante ya no lo podía olvidar. Ha sido una cosa tan ligada a mi vida, que estaba realmente obsesionado con la idea. No se me escapaba una ocasión de admirar a los maestros. Los escuchaba con afán de aprender, de entrar de lleno en el misterio tan grande que es la canción honda y sentida. Un día, con un grupo de amigos, fui a un concurso de cante. Era en un teatrillo pequeño del Puente de Vallecas. El escenario, los palcos, el patio de butacas, formaban un conjunto tan abigarrado, tan reducido de proporciones, que materialmente estábamos apiñados. Comenzó la prueba. A medida que los concursantes ofrecían al público su arte, yo, en el palco con mis amigos, cantaba también por un impulso irresistible. Una lluvia de siseos y de “fueras” acompañó mi cante. Intervinieron mis amigos. “Este canta mejor que todos esos.” “Que se vayan”, etc. Y canté. Fue mi primer triunfo serio. Vinieron los contratos, las proposiciones. Recuerdo exactamente que el primer contrato que firmé fue por cinco días, a razón de cinco duros diarios. Ocurrió el hecho de la siguiente forma: Yo tenía un hermano —ya ha muerto el pobre—, que era un hombre serio y formal. Vinieron a mi casa a proponerme un contrato para cantar en público. Y él, creyendo espantar a los visitantes, dijo muy severo y reflexivo: “Mi hermano no canta por menos de cinco duros diarios.” Y su palabra fue aceptada. Firmé y comencé mi trabajo. Pedí un permiso de cinco días en el taller, y el maestro me dijo que allí siempre habría una plaza para mí. Todavía está la plaza esperando mi regreso.

CHACÓN Y EL CELULOIDE

Hay una pausa seca, cortante, en que se afilan los recuerdos. Angelillo sigue, ahora con voz pausada:

Siempre fue una preocupación mía cambiar el ambiente en que el cante tuvo su vida. El tópico de la taberna, de la juerga, de la luz del alba, de las mujeres y de los lamentos, es difícil de vencer. Quizá por eso mismo me atraiga más el propósito. El cante clásico, el verdadero, no lo desconozco. No merezco tampoco la excomunión de los antiguos. Respeto la tradición, pero creo necesario que el cante evolucione por nuevas rutas. ¿Cantaría hoy D. Antonio Chacón en el celuloide de una película? Los tiempos cambian, y hemos de ponernos al lado de las realidades de la vida. Creo que el cante flamenco ha encontrado su ruta más verdadera en el teatro. El teatro está lleno de posibilidades.

¿VA A ESCRIBIR MUÑOZ SECA TEATRO FLAMENCO?

¿Estudia usted nuevos proyectos?

Busco una base en el folklore español. Lo estudio atentamente, pues sé que es una cantera inagotable. En cuanto al teatro, el día que encuentre una mujer que sienta el cante y sea una artista —y me parece que ya la he encontrado—, me entregaré de lleno a esta nueva modalidad. Creo en su futuro.

Sin embargo…

Sin embargo, lo haré. Ahora hace falta que los autores se acerquen a este género. El cantador de flamenco puede ser también artista. Muñoz Seca y Quintero y Guillen así lo han entendido, y parecen dispuestos a trabajar en obras de este género.

ANGELILLO Y EL TRAJE DE AMERICANA BIEN CORTADO

Pero es su vida de cantaor flamenco la que buscamos. De flamenco 1935. Y la ilusión se rompe contra el espejo, duro y falso:

En cuanto pude salvarme de los cuartos de los colmaos, encaminé mis pasos a dar una nueva ruta al cante.

Usted ganó un concurso de cante flamenco…

Y son estas palabras frías y preocupadas las que contestan:

Sí; fue en 1925.

Ni una palabra más. Angelillo es un flamenco de traje de americana bien cortado, de correspondencia numerosa y atendida, de preocupaciones comerciales.

¿Cartas de amor? Pues bien; sí. Infinidad de cartas de amor. Necesitaría dos secretarios. Pero créame, ésta no es cuestión que interese hasta un punto elevado.

LA ORQUESTACIÓN DE LO FLAMENCO

Y después:

Una de mis ideas es llegar a la orquestación del cante flamenco. Conservando, como factor principal, las cinco cuerdas de la guitarra. Pero creo que el cante admite y necesita una resonancia musical más amplia de la que el bordón y la prima le prestan.

De este mismo criterio participa Ramón Montoya, el guitarrista. También él anima en su frente la idea de orquestar el cante flamenco. En su cuarto misterioso de guitarrista, entre los sones apagados de una guitarra, trenza y destrenza el sonido con aspiración de pentagrama. Quiere Ramón Montoya, el guitarrista de nombre gitano, crear el género de zarzuela a base de música flamenca. Que cesen los chinchín de los platillos y suene limpia y airosa la prima y alegro el violoncelo tejiendo los acentos desgarrados y duros del cante hondo. Ha pretendido hasta la colaboración de Pablo Luna.

Angelillo se ha asomado a una ventana. En primer lugar aparecían las casas antiguas y tradicionales. Las de tejados artísticos, llenos de años. Pero sus ojos han rebasado esta distancia para admirar las verticales de piedra de la nueva arquitectura.

EL CHISTE FINAL

El teléfono llama. Muy serio y convencido, un incondicional del divo, dice que es un directivo de la Federación de Juventudes Tradicionalistas de España.

Como barra de hielo al sol quedó reducida la sorpresa de Angelillo. Era que llamaban a un Ángel con otro número en la guía:

¡Pues no me había asustado! Debía ser por lo visto a un Ángel del cielo a quien buscaban. Usted dispense el susto.

 

A Antonio Ramos Espejo

La Gazapera | El blog de Manuel Bohórquez

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