FÉLIX GRANDE

 

 

ENTREVISTA A FÉLIX GRANDE

 

 

"Caracol era una criatura tan genial como lo era Picasso"


 

El escritor manchego clausuró el Aula de Cultura de la peña Enrique el Mellizo
 

Félix Grande es uno de esos magos de la oratoria que, más que relatar, dibuja escenas con las palabras. Por eso, no es de extrañar que cuando habla sobre Manolo Caracol su interlocutor quede envenenado por una especie de nostalgia extraña de lo que nunca ha tenido ni sentido. Nunca estuve en Tomelloso. Ni vi a Caracol encajando su perfil en las costas de Lola. Como las piezas perfectas de un puzzle. Pero Félix Grande lo cuenta, en la clausura de las jornadas de estudios flamencos del Aula de Cultura de la peña Enrique el Mellizo. Y, sin verlo, ya siento nostalgia por haberlo visto a través de sus palabras.

Dijo usted en los actos del centenario de Manolo Caracol en Sevilla que el cantaor fue el más grande de todos los tiempos.

Sí se recogió de esa forma pero esas palabras se sacaron de contexto. Esa frase tiene sentido porque yo explicaba la sensación de un joven que empezaba a escuchar a Caracol y lo que pensaba en ese momento. Fuera de contexto eso es lo que parece que dice.

Entonces, ¿hay otro más grande?

Es como si preguntas a quién quieres más, a tu padre o a tu madre. No sabemos cómo cantaban los cantaores del siglo XIX pero por lo que nos ha llegado debió haber alguno muy grande. Es posible que uno de ellos fuese el nombre de la peña (Enrique el Mellizo) donde hablo hoy (por ayer). Lástima que no hemos podido escuchar su voz. Pero entre las voces que yo he escuchado, sin duda alguna, Caracol es una de las más estremecedoras.

La conferencia que imparte la titula 'El Caruso de las cavernas', ¿de dónde sale ese apelativo? 

La frase no es mía, es de Fernando Quiñones. Estábamos una tarde en su casa, escuchando un disco de Manolo Caracol y nos acordamos de voces caracoleras de otras músicas como la de Louis Armstrong o Bola de Nieve. Entonces Fernando dijo: "Son carusos de las cavernas".

Voces oscuras.

Pues sí. Y fíjate que en el mundo de la ópera, que ha habido tantísimos artistas, casi todos coinciden en que Caruso estaba endemoniado, era prodigioso. Y teniendo en cuenta que en el medio siglo enmarcado en la etapa del antiflamenquismo y otro medio siglo que hemos vivido la gente de mi edad, el mundo de la música llamada culta sentía cierto desdén respecto al flamenco. De esta forma, que Fernando Quiñones, en un momento de lucidez y genialidad, llamase Caruso a un cantaor flamenco le daba, por un lado, una dimensión de refutación al desdén de la música culta y, por otro, le daba al flamenco una dimensión que no sabemos si tendrá la música vocal nunca, como si el flamenco no hubiese nacido a finales del XVIII sino antes de Atapuerca. Esa frase de Quiñones está cargada de inteligencia muy profunda y en el fondo, también, cargada de moral. Es una defensa moral del flamenco.

Sobre Caracol se ha dicho y escrito mucho pero, ¿queda algún aspecto por investigar o por profundizar sobre la obra del cantaor?

Bueno, no se ha hecho, como con don Antonio Mairena, una edición de todas sus grabaciones, que es una cosa que clama al cielo. Y no se ha dicho todavía, sobre todo demostrándolo desde una manera interdisciplinar lo que muchos de nosotros creemos, que era una criatura tan genial como lo era Picasso.

¿En qué residía esa genialidad?

En que cada una de las palabras que salían de su diafragma y de su garganta, salían como recién nacidas; en que no había ni un solo tercio que no fuese una dentellada al aire o una dentellada a la garganta de los que escuchábamos; en que, aunque cantase fandangos o zambras, su sonido siempre llevaba la dignidad de la seguiriya.

¿Cádiz estaba presente en el cante de Caracol?

Claro que sí. No hay más que recordar cómo cantaba las malagueñas de El Mellizo. Pero, ¿en qué gran cantaor no está Cádiz? Y digo esto no porque me preguntes tú desde Diario de Cádiz. A cualquiera que me preguntase le diría eso. ¿En qué gran cantaor no está Cádiz? Además de Jerez, de Triana, de Sevilla... Y no digamos si quieres ser un cantaor a compás.

Caracol defendió en alguna ocasión el cante susurrado ante el gritado. ¿Esa preferencia ha caído en saco roto en la actualidad?

No sé. Cada cantaor tiene su propia tesitura, su propia forma de expresar y comunicar. Sería injusto pedirles a todos que cambiasen de tonalidad o que bajasen el volumen. A veces el cante susurrado te puede encender los huesos pero, de pronto, un grito de Camarón también te estremece. Cada artista de genio tiene su ley, sus reglas.

Las actividades del centenario de Caracol, ¿han estado a la altura?

Sí, creo que sí, pero, como te he dicho, echo de menos la edición de sus grabaciones.

¿Y el legado de Caracol? ¿Ha tenido buenos herederos?

Creo que cuando llegan al cante tres o cuatro criaturas geniales se quedan a vivir en el sistema circulatorio, en la sangre, que está viva, de la historia del cante. Incluso en aquellos que no saben que tienen influencia de Caracol, allí está él, pero también con Enrique el Mellizo, con Franconetti, con Antonio Mairena, con Camarón... En ese sistema circulatorio ya están todos esos nombres. En cuanto al legado de Caracol en particular, pues no hay más que acordarse de El Pele, de Rancapino y de muchos artistas jóvenes. En la manera de ensangrentar los tercios se parecen a él. Esas criaturas geniales de las que hablábamos no anulan lo anterior sino que se suman a la herencia haciéndola más rica. Quizás esa sea la razón por la que hay tanta gente joven cantando muy bien.

¿Qué sensaciones le embargaron la primera vez que escuchó a Manolo Caracol?

Yo debía tener 12 años, más o menos, fue en Tomelloso, en la época en que empezaba sus giras con Lola Flores. Lo que yo recuerdo tanto de mí como los que estábamos allí, en la general, y en butaca supongo que sería lo mismo, es la imagen de aquella criatura, cantando, acercándose a la cara de la Lola que, además, movía el pelo de un lado para otro como la Carmen la portuguesa del fandango. Los veía comiéndose el uno al otro de una manera que nos hacía levantarnos del asiento y transformarnos en nuestros propios antepasados, en las criaturas primitivas que estaban descubriendo la felicidad de la emoción. Además, Caracol siempre reservaba media hora para salir adelante con su guitarrista y cantaba por soleá, seguiriyas... Para los jovencitos, como yo en esa época, aquello no tenía más sentido que el de la expresión y el deslumbramiento, pero para la gente mayor que tenía esa ortodoxia era como decirles: "También sé cantar por seguiriyas".
 

 

Tamara García / Cádiz | Actualizado 19.12.2009. En la foto de encabezamiento,   El escritor Félix Grande, ayer en la Diputación de Cádiz.

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