PEPA MONTES

 

 

ENTREVISTA A PEPA MONTES


 

“No me gusta ir de artista por la vida”

 

Dicen de ella que sólo verla salir al escenario es ya un espectáculo. Sus movimientos, su forma de transmitir las emociones embruja hasta a los más exigentes. Hoy, domingo lluvioso de mediados de febrero, descuelga el teléfono respondiendo a mi llamada y con su voz dulce y amable, responde una tras otra a mis preguntas como si de una vieja amiga se tratara. No nos conocemos, pero la intuyo relajada en un sillón, quizás envuelta por el aroma a cocina que llena las casas a estas horas de la tarde, descansando de un fin de semana en Cádiz, ciudad de la que acaba de regresar tras recibir un premio. Pepa Montes, la bailaora de arte, es hoy más que nunca, Josefa Bastos Otero.

Pregunta.¿Pepa Montes o Josefa Bastos?

Respuesta. La dos, desde luego. Pepa, la artista, lo es cuando se pone una bata de cola, y deja de serlo cuando se la quita. No me gusta ir de artista por la vida, nunca me ha gustado. Aquí soy esposa y madre, una persona normal y corriente, aunque con una sensibilidad flamenca que nunca me abandona y que me hace ver la vida de forma especial. Esto tiene su parte positiva y su parte negativa, porque a veces el ser tan observadora te lleva a hacer propios los problemas ajenos y sufrir por ellos. Cualquier simpleza la haces tuya y te duele. Pero por lo demás, mi vida y mi entorno son de lo más normal. Mucha gente no me imagina fregando o poniendo un puchero, pero son cosas que también forman parte de mi día a día, junto con mi profesión. En general intento ser, por encima de todo, buena gente.

P. Pero no todas las amas de casa tienen tras de sí una tropa de admiradores que se autodenominan pepistas…

R. No, claro, (oigo sus risas al otro lado del auricular…). Eso es un auténtico lujo, un orgullo, la recompensa al esfuerzo de muchos años. Es el premio de mi público que me hace saber que tras una larga carrera, aún sigo por el buen camino.

P. Y en ese vivir día a día con el flamenco, ¿cómo se lleva el compartir techo con un guitarrista como Ricardo Miño y un pianista, su hijo, Pedro Ricardo Miño?

R. Pues la verdad es que muy bien, con aires flamencos por la mañana, por la noche y al mediodía. No salimos de lo mismo… (vuelve a reirse). Nuestras conversaciones giran siempre sobre el mismo tema porque es nuestra vida. Cuando estamos montando un espectáculo, son seis o siete meses de trabajo y ello conlleva muchas conversaciones y discusiones que al final te ocupan todo el día. Pero hay una cosa que es fundamental, lo más bonito del mundo entero, que es trabajar y hacer lo que te gusta, y cuando esa condición se cumple, todo va sobre ruedas. Por eso es maravilloso que mi pequeña familia esté compuesta al cien por cien por artistas.

P.  ¿Sin celos profesionales?

R. Todo lo contrario. Nos apoyamos muchísimo y somos críticos con el trabajo de cada uno y con el nuestro mismo, porque corregir es la única manera de avanzar. Ricardo y yo llevamos ya treinta y dos años de matrimonio, trabajando juntos y nunca bajamos la guardia porque queremos ser honrados con nuestro trabajo. Así que nos exigimos mucho. En cuanto a mi hijo, qué puede querer una madre… una vida llena de triunfos, pero sobre la base del esfuerzo. La verdad es que en mi casa se respira muchísima armonía, familiar y artísticamente.

P. Hablar de Pepa Montes es hablar de la escuela sevillana, ¿en qué momento está el baile flamenco según su opinión?

R. Yo creo que el flamenco en sí, escuelas aparte, está en un momento maravilloso de universalización. Este es un arte vivo, en plena evolución, como la vida misma, y ahora, como siempre, hay gente atrevida que da pasos de gigante para contribuir a ese crecimiento. Claro, los resultados a veces son buenos y a veces no tanto, y la confusión proviene casi siempre de que hay quien olvida que para seguir adelante no hay que perder de vista las referencias. Pero en general, todas las propuestas enriquecen el arte, y eso es positivo.

P. ¿Cuándo ha llegado el momento de abandonar el escenario? ¿Cuándo se cumple cierta edad?

R. Yo creo que no es tanto una cuestión de edad como de encontrarse bien con uno mismo y con lo que se hace. Indudablemente, los años te restan fuerza para bailar, pero te dan sabiduría, y hay que saber explotarla. Se trata, quizás, no de dar cuatro patadas muy fuertes, sino de de dar una pero muy sabrosa, que arranque un ole a los presentes. No hace falta ser una metralleta con los pies. Ha habido artistas, como Pastora Imperio, a las que solo verlas levantar un brazo ya era una maravilla, un don divino. El momento llega cuando llega, y ya está.

P. ¿Cree que el minimalismo escénico resta magia al arte flamenco?

R. Ciertamente la puesta en escena flamenca actual puede que sea un poco oscurantista, pero es que la penumbra es un aliado para los cambios de cuadro, de vestuario, etc… Se podía aclarar un poquito, desde luego, darle más alegría. Pero yo me centraría sobre todo, en el vestuario. Ha habido una época en la que se estaba yendo cada vez más a lo práctico y se estaba perdiendo la indumentaria escénica como tal. Las batas de cola se sustituían por trajecitos muy ligeros que no se identificaban con lo que el artista trataba de transmitir sobre el escenario. Para mí, bailar unas alegrías con un traje de noche no es lo más adecuado, por muy bonito que sea el traje. Recuerdo a las artistas de antes, con sus batas, sus volantes… y se me ponen los vellos de punta. Creo que eso es algo que hay que recuperar, sobre todo con las telas maravillosas que hay hoy en día, ligeras y cómodas. Con los bailaores ocurre lo mismo, que el traje de chaqueta ha sustituido a esos trajes cortos con sus chaquetillas, sus chalecos, sus talles altos, que te quitaban el sentío con sólo verlos. Yo apuesto por la indumentaria clásica, por el artista vestido de artista.

P. ¿Qué es lo primero que le pasa por la cabeza cuando pisa el escenario?

R. (Aquí, su voz se torna más seria) Lo primero es pedirle a Dios y a mi padre, que me ayuden, que todo salga bien, que no me resbale, que no caiga, que no haya un malentendido entre la guitarra y el baile… Es un momento de tensión en el que no quiero ni que me hablen para no perder la concentración en ese instante justo antes de poner el pie en las tablas. Una vez que das el paso, ya sólo puedes pensar en bailar.

P. El flamenco, ¿se puede aprender?

R. Se puede aprender y se puede enseñar. Yo no conozco a nadie que haya nacido tocando palmas por bulerías. Lo que pasa es que, cuando uno nace con una predisposición para el arte, las cosas fluyen de manera más sencilla. Pero estudiando, todo se aprende, basta con machacarse día tras día.

P. Como maestra y bailaora en activo, ¿con qué faceta se queda?

R. De momento con el directo, porque ahí soy yo, me abro, me desnudo ante el público. La enseñanza es muy gratificante porque ves los resultados, pero yo no me dedico a ella a gran escala porque me quitaría mucho tiempo para trabajar mi arte. Eso suelen hacerlo los artistas cuando ya tienen idea de abandonar los escenarios.

P.Me ha dicho un amigo que es usted una amante del deporte…

R. Sí, me gusta, la verdad, y es la manera de mantenerme en forma. Eso y pasar hambre… (estalla en una nueva carcajada). Tengo medio gimnasio en casa, pero lo que más me gusta es la bicicleta. Me pongo a Camarón en mis auriculares y salgo por ahí a dar largos paseos para mantener la figura, la agilidad y la fuerza. Ése es, junto a bailar mucho, el secreto para estar al día.

P. ¿Cuáles son sus próximos proyectos?

R. Pronto viajaremos a Luxemburgo y aquí, más cerquita, estaremos en Granada como parte del ciclo Flamenco Viene del Sur. Y ya tenemos la mente puesta en el próximo montaje. Como siempre un no parar.

P. Un no parar que merece la pena, ya que justo hoy regresan de recibir un premio en Cádiz , ¿no es así?

R. Así es, un premio maravilloso en una ciudad que adoro. Se trata de la Gaviota que nos ha entregado el ayuntamiento gaditano por toda una trayectoria artística y vital a Ricardo y a mí. Han reconocido nuestra lucha personal y profesional por seguir juntos a lo largo de tantos años, y puedo afirmar que nos han hecho sentir como si nos entregaran el premio Nobel. Una maravilla.

 

Por ANA SOMOZA. Actualizado: 19/02/2008

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